Dispuesto el escenario disimuladas las ausencias. La terna arbitral –de buena labor- intuyó disconforme al míster Bonafina, quien ya había amanecido con mal de ausencias entre sus dirigidos durante la noche anterior, y que, a minutos de iniciarse el match, contaba nada más que con 9 jugadores. Disimulados muchos de ellos en posiciones improvisadas pero notablemente camuflados para llegar hasta la instancia del partido mostrando los dientes y aguantando la embestida de los del Mencho, quienes entendieron a la perfección que el viento estaba de su lado.
Pero a segundos de sonar el silbato inicial llegó Seba Martinez, quien sin precalentar se metió en el mediocampo con pata ancha y empezó a trazar el sendero hacia la resistencia. Los jugadores mencheros sabían de los inconvenientes y de la alternativa de emergencia en el arco, ocupado por Marcelo Bonafina, quien dio seguridad a la hora de cubrir los palos pero que sin embargo nunca logró hacerles comprender a sus mediocampistas que su remate desde el área chica era dificultoso por la injerencia del pampero que rugía en Escobar.
A todo esto, la línea de cuatro dispuesta para jugar con diez hombres no podía asentarse ni contrarrestar los ataques constantes aunque sin demasiada profundidad del team rival. Sin embargo y gracias a la categoría de un central como Marcelo “el pelado” Desch y a la firmeza de ambos laterales, lograron tapar las falencias de Lucas Cremades, devenido a back central.
Un córner al segundo palo que uno de los delanteros del Vamo Mencho no pudo interceptar fueron algunas de las alternativas ofensivas para un primer tiempo que le sirvió al bodeguero para sentirse más fuerte cuando al terminar el período inicial apareció en escena Nico Maggi, el jugador que estaba faltando para igualar las cosas. Apenas ingresado emitió la primera alerta. Sin los botines adecuados, algo dormido, recibió una pelota y provocó el primer suspiro. La pelota pasó cerca del palo derecho del arquero y el Vasco llegó al descanso dominando al viento y con el arco en cero.
La charla técnica fue precisa. Achicar los espacios, juntar a los defensores con los volantes y soltar el balón rápido para los delanteros. Mariano Carrizo entendió a la perfección el planteo y con la locura propia de los wines avasalló con toda su frescura a la defensa rival, que no se esperaba con lo que se estaba encontrando.
En el arco del Vasco Viejo hubo un cambio de guantes. Bonafina al medio y Pietra al arco. Una clara muestra de compañerismo que no le impidió al volante ofensivo demostrar su disgusto por no poder poner la pelota debajo de la suela y conformarse con amortiguarla con las manos.
Tal vez en ello resida el éxito del Vasco Viejo. Como gladiadores romanos o como los últimos de los mohicanos, surgieron las gambetas, los toques a ras del piso, los cambios de frente, las subidas confiadas de los laterales, el sacrificio de Diego Regueiro, la avidez ofensiva de Maggi y la destreza técnica de Alejandro Scirica. Que tuvo en su segundo tiempo lugar para la fantasía y tiempo para el gol. Los minutos siguieron pasando y el Vamos Mencho se fue apagando. Apenas una fallida salida del arquero Pietranera que casi termina en empate accidental, fue lo que levantó tierra y pánico, cuando confundió un remate mordido del número 9 rival con un pase de uno de sus defensores.
Al vasco le restaba definir las ocasiones para consumar la goleada. Algo que no hizo porque la perfección en el fútbol no existe.
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