
"No hay manera de preverlo", explicó a El Bodeguero Blogspot el traumatólogo Hernán “Jeta” Leiva, con un dejo de resignación, consciente de la herida sentimental que genera en el deportista.
Por Diego Garrote[1]
Ante el menor síntoma, los fantasmas del miedo sobrevuelan la escena. El futbolista hace gesto de dolor, mira al banco de suplentes y se toma la rodilla. La preocupación es su mueca, casi nunca desesperan, el sufrimiento corroe y se mezcla con la sensación de saber que puede tratarse de lo peor. Si bien no es la más fatídica de las lesiones, la rotura de ligamentos de la rodilla se transformó en el karma de los futbolistas.
“De cuatro a seis meses de inactividad”, rezan los titulares que delatan las consecuencias del dolor más profundo. Se trata de un parate extenso, que provoca una marca indeleble en la vida de cualquier jugador. En Argentina el caso se sucede y el antídoto no aparece. “No hay manera de preverlo”, le dijo a El Bodeguero Blogspot el traumatólogo Hernán “Jeta” Leiva, con un dejo de resignación, consciente de la herida sentimental que genera en el futbolista.
Entre ceja y ceja, durante cada día del tratamiento, se filtra el momento del regreso.
La gloria espera a un lado, dispuesta a dibujarse en sonrisa inolvidable. La primera imagen que acude a la memoria es la de Martín Palermo en 2000, cuando le convirtió, en su vuelta, el tercer gol a River por la Libertadores. El Titán sabe de regresos dulces, es por eso que aguardó para pasar a la historia. Se recuperó de la lesión sufrida el 24 de agosto, para retornar a las canchas el 8 de marzo ante Newell’s y contra Huracán, por la cuarta fecha, anotó su gol número 195 con la camiseta de Boca.
A Ronaldo su rodilla también lo alejó de las canchas. El brasileño estuvo un año y 20 días fuera del campo. Se quedó sin club (Milan) y arregló con Corinthians, donde el último domingo marcó sobre la hora el empate en el clásico ante Palmeiras.
Un proverbio chino asegura que durante las crisis, la mayoría de la gente llora… mientras algunos pocos fabrican pañuelos. Gonzalo deberá ser paciente… esforzarse y trabajar en silencio… pero va a salir adelante, y todos los que lo queremos de verdad no sólo lo vamos a acompañar y ayudar, sino que vamos a vivir su recuperación y su regreso triunfal como propios… y cuando de nuevo se amigue con la pelota y haga lo que tan bien sabe hacer, nadie lo habrá merecido más que él, pero nadie estará más feliz que nosotros...
[1] El autor es primo directo de Gonzalo (le lleva 10 años), compañero de equipo en el Vasco y lo vio crecer y romperla en las inferiores de San Lorenzo.
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